15 jul. 2010


En la senda de El Árbol del Yoga A BKS Iyengar. Estos apuntes son producto de mi experiencia en el yoga Iyengar tanto en el estudio como en su práctica. Decidí publicarlo buscando, aparte de su difusión, un diálogo con otros practicantes, ya sea a través de cuestionamientos, colaboraciones o correcciones. Espero que el estudio y práctica de cada uno de los asanas, que aparecerán de una manera regular, sistemática y ordenada, sean útiles. Sin más, disfrutemos juntos la senda de El Árbol del Yoga.

marco aguilar.


"Dar no nos empobrece, ni retener nos enriquece". BKS Iyengar.

Yoga Iyengar / Apuntes

7 jul. 2010

UNA VIDA ANTERIOR DEL BUDDHA



En tiempos remotos, reinando Brahmâdatta en la ciudad santa de Kâshî, el Buddha encarnó como perro y vivió con cientos de otros canes en un gran cementerio que había en las afueras de la ciudad.

En cierta ocasión, el rey salió en su carroza para visitar sus dominios. Después de varias horas de viajar por los alrededores de su capital, regresó a la ciudad al atardecer y, al bajar de

l carro, se dejó olvidado en él su escudo, su peto y otros aditamentos hechos de cuero. Esa noche llovió y, por la mañana, los perros de palacio mordisquearon el cuero, dejándolo hecho jirones. Tras contemplar el destrozo, el cuidador de los perros reales no quiso asumir la responsabilidad y le mintió al monarca, diciéndole: «Majestad, por las alcantarillas han entrado en el recinto de palacio varios perros vagabundos y han destrozado los adornos de cuero repujado con los que salís a pasear en vuestro carro.» El rey montó en cólera y mandó matar en aquel momento a todos los perros de su reino, mediante una orden muy clara. Comenzó entonces una gran matanza de estos animales en todo el reino. Por los campos y por las calles de la ciudad, los soldados del rey lanceaban cruelmente a todos los perros que encontraban. Éstos, cansados de huir, decidieron pedir la ayuda del Buddha, como último recurso. Se reunieron en torno a él en el cementerio y le contaron el motivo de su aflicción.

Después de escuchar las quejas de los canes y su demanda de ayuda, el bodhisattva pensó para sí: «Los perros de la ciudad no pueden entrar en el recinto del palacio, celosamente vigilado. Los culpables deben de ser los perros que habitan en el interior. Los verdaderos responsables han quedado impunes mientras otros pagan por sus culpas. Pero yo remediaré esto. Haré saber la verdad al rey.» Y, dirigiéndose a los cientos de perros que aguardaban su reacción, les tranquilizó, asegurándoles que hablaría con el mismo rey Brahmâdatta y que les salvaría.

De inmediato, el bodhisattva emprendió el camino hacia palacio. Con el poder de su mente, se concentró en pensamientos de amor con tanta intensidad que las personas con las que se cruzó al atravesar la ciudad sólo sintieron simpatía al verle. Nadie tuvo el impulso de atacarle. Lo mismo sucedió con los guardias que se hallaban a las puertas de los aposentos reales.

El rey Brahmâdatta se encontraba sentado en su trono, en la sala de audiencias. El bodhisattva se dirigió corriendo con rapidez hacia él y se deslizó bajo el trono, entre los pies del monarca. Los sirvientes intentaron apartarle de allí, pero el rey lo impidió. El bodhisattva salió entonces de su escondrijo y se sentó con majestuosidad ante el soberano, tras hacer una inclinación de cabeza. Entonces le preguntó al soberano: «¿Eres tú quien ha ordenado el exterminio de mi especie?» El rey, sorprendido al escuchar hablar a un animal, sólo acertó a responder afirmativamente a aquella pregunta.

El bodhisattva quiso saber entonces qué culpa tenían y así lo preguntó. El rey contó cómo los perros había destrozado los arreos y adornos de su carro. El sagrado perro continuó su interrogatorio, ante el estupor de todos los presentes: «¿Y sabes con precisión, ¡oh, rey!, qué perros en concreto causaron el destrozo?»

El rey no pudo responder. Para entonces, todos los cortesanos y criados que se encontraban en el recinto, se habían acercado al trono y escuchaban con sorpresa y atención aquella insólita conversación entre un perro vagabundo y un rey. El bodhisattva afirmó lo siguiente: «Si no puedes distinguir a los perros que lo hicieron, es una gran injusticia castigar a toda la especie, pues los seres vivos sólo son responsables de sus propios actos. Además, me consta que los perros de tu palacio han quedado exentos de castigo.» Ante aquellas palabras el rey no pudo sino permanecer en silencio, indicando su asentimiento.

El bodhisattva continuó: «Has actuado mal, siguiendo los errados caminos de la parcialidad, la discriminación, la ignorancia y el temor, lo cual no es propio de un buen rey, que debe siempre buscar la equidad y la justicia. Si los perros del palacio no se han considerado responsables, entonces el castigo ha sido sólo para los pobres. Yo no te diré mas. Piensa tú mismo en cómo has obrado.

Pasados unos instantes, el rey Brahmâdatta reaccionó y dijo: «Supongamos que te creo y revoco mi orden de exterminio. Aun así, como rey que soy, no puedo dejar al culpable sin castigo ¿Sabrías tú indicarme quién fue el responsable de los daños?» El bodhisattva le aseguró que habían sido sus propios perros guardianes quienes lo hicieron. Y, como el rey le instara a que lo demostrara, el bodhisattva mandó mezclar en leche algunas hierbas de las que crecían en los jardines y dar de beber con ella a los canes del rey.

Se dio la orden de inmediato. Se trajo ante la presencia real a los perros guardianes y se les dio el bebedizo. Al poco, los perros empezaron a vomitar y, entre los restos, aparecieron distintamente pequeños trozos de cuero. Todos quedaron sorprendidos. El monarca se levantó majestuosamente de su trono y habló: «Tus palabras eran por completo ciertas y debo agradecerte que hayas impedido que me manchara con una gran injusticia. A partir de ahora, me encargaré de que mis soldados alimenten a todos los perros sin dueño de mi reino como desagravio por la injusticia que hecho con ellos. Y tú, por tu parte, pídeme lo que desees.» La petición del bodhisattva fue la siguiente: «Quiero que perdones también a tus perros guardianes, pues su propia naturaleza animal les impide concebir el mal. Lo que hicieron no fue correcto, pero fue un acto cometido sin malicia y que no merece castigo.»

Todos los presentes se admiraron de la compasión del bodhisattva. El rey Brahmâdatta, entreviendo la naturaleza divina del animal que tenía ante él, tomó el quitasol real, símbolo de justicia y poder, y se lo ofreció respetuosamente. Pero el bodhisattva lo rechazó, pues era un símbolo de poder que sólo el rey merecía llevar.

El bodhisattva salió del palacio y marchó a reunirse con sus congéneres. Estas enseñanzas duraron diez mil años. El bodhisattva vivió hasta edad avanzada y luego expiró en el momento en que lo consideró adecuado.

(Jâtaka)

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